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Acerca de la Depresión

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  • Palabras clave
    depresión duelo stress ansiedad auto-agresión
  • Resumen
    “Estoy tumbada en mi cama boca arriba, son las diez y cuarto de la mañana, el cuarto a oscuras. Creo que, finalmente, pude dormir de corrido recién al amanecer, luego de estar despertándome cada media hora toda la noche. No puedo siquiera imaginarme cómo voy a hacer para levantarme de la cama. Pensar en ir hasta el cuarto de baño y asearme me parece un trabajo inconmensurable, imposible de enfrentar. Un día entero por delante…, es inútil, no puedo…, no puedo…”
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Introducción

Acerca de la Depresión - Artículo en Psicoactualidad

“Estoy tumbada en mi cama boca arriba, son las diez y cuarto de la mañana, el cuarto a oscuras. Creo que, finalmente, pude dormir de corrido recién al amanecer, luego de estar despertándome cada media hora toda la noche. No puedo siquiera imaginarme cómo voy a hacer para levantarme de la cama. Pensar en ir hasta el cuarto de baño y asearme me parece un trabajo inconmensurable, imposible de enfrentar. Un día entero por delante…, es inútil, no puedo…, no puedo…”

Paula tiene 35 años, con sus más y con sus menos ha llevado su vida adelante, ha logrado darse una vida personal y profesional satisfactoria y considerarse una persona normal. ¿Cómo empezó esto? ¿Cómo se fue instalando esta sensación de “nadidad”?, como llama ella, con esa palabra que inventó a la medida de su desazón, a ese estado de ánimo aplastante. Lo que muestra Paula es depresión. Un estado en el que entran cada vez más personas, y que excede el mero estar triste. Cuando alguien llega a instalarse allí comienza a percibir que algo ligado a la falta de energía proviene del propio cuerpo, mucho más que del pensamiento o de los acontecimientos de su vida cotidiana.

Tratemos de caracterizar un poco mejor cómo es ese estado. La persona suele sentirse triste o vacía casi todo el tiempo, advirtiendo, apenas se dispone a observarse, que ha ido perdiendo la capacidad de disfrutar de sus actividades y de su vida. Descubre cambios en su apetito, en el sentido de perderlo, o por el contrario, estar el día entero “picando algo”. Repentinamente puede surgir la necesidad de ingerir algunos alimentos en particular, dulces por ejemplo. Puede, entonces, subir o bajar de peso ostensiblemente. Es de lo más común que cambien las características del sueño. La mayor parte de las veces aparece insomnio con molestos y numerosos despertares nocturnos y algunas otras veces necesidad invencible de dormir mucho. Hay sensación indudable de disponer de muy poca energía física, siendo colosal el esfuerzo para enfrentar las demandas habituales de la vida cotidiana. Todo se hace más lentamente, más torpemente, en todo caso, siempre, más desabridamente. Esa lentitud puede llevar, a veces, a una agitación indecisa que no resuelve nada y acentúa la impotencia, lo que induce sentimientos de inutilidad y algunas veces de culpa y autorreproche. Aparece indecisión y dificultad para pensar con claridad, como si los problemas se hallaran pegados a la nariz, sin posibilidad de tomar de ellos una cierta distancia que brinde perspectiva. Concentrarse en las tareas es muy dificultoso y se instalan en el círculo del pensamiento ideas recurrentes ligadas a la muerte.

La franca tristeza no siempre se hace patente, siendo reemplazada muchas veces por estados de fastidio e irritabilidad. De todas formas la vida pierde su sabor, y es muy demoledor presenciar el propio espectáculo de la nada que me producen las mismas cosas por las que antes me sentía vibrar y palpitar.

Como vemos no estamos hablando de un estado sólo ligado a un sentimiento, sino que evidentemente, más tarde o más temprano comienza a involucrarse el cuerpo, alterándose sus ritmos. Es así que los ciclos psico-corporales básicos, el comer, el dormir (también el soñar) o los más complejos como el deseo y placer sexual se van involucrando y perturbando progresivamente.

Este estado, tanto psicológico como físico, al que es posible llegar, aparece como un destino final común a varias vías de inicio diferentes. En efecto, muy distintas condiciones por las que podemos conducir nuestra existencia, a veces considerablemente diversas en su naturaleza inicial, tienen la posibilidad de arribar a este estado de cosas, del cual, si bien posible, se hace más difícil salir. Describamos sólo algunas de ellas, las más comunes tal vez.

La vía del duelo

Acerca de la Depresión - Artículo en PsicoactualidadLas pérdidas son inherentes a nuestra existencia. Perdemos lo que amamos por las vicisitudes del vivir, el paso del tiempo, los ciclos vitales. Perdemos la niñez y la juventud, perdemos los padres de la infancia, y también la dulce infancia de nuestros hijos. Perdemos a alguien a quien amamos y con él o ella perdemos nuestras ilusiones. Aunque nuestra vida no sea particularmente difícil o dramática, igualmente atravesaremos numerosas pérdidas. Cada vez que elegimos, cada vez que tomamos una decisión ganamos, retenemos, algo y también dejamos pasar, perdemos, varias otras opciones. La pérdida de lo amado, ya sea inevitable o elegida, origina un dolor psicológico muy específico llamado duelo. Todo duelo exige un trabajo psicológico de reparación, restitución y cierre que demanda tiempo, dedicación y energía. Es un proceso análogo a la cicatrización de un tejido lastimado. Si no lo consumamos acabadamente, la herida permanecerá abierta, o cerrará “en falso” escondiendo un abceso, una infección. En términos psicológicos, si no detecto el dolor y la herida y si no procedo a la elaboración del duelo, ya sea porque carezco en ese momento de los recursos emocionales necesarios, o porque permanezco indiferente frente a mi dolor o lo niego, esa herida no cicatrizará adecuadamente y se resolverá de alguna manera enfermiza. La depresión es una de esas maneras.

La vía del stress y la ansiedad

Una vida de sobre-exigencia y apremio, sometida a permanentes urgencias, ya sea por demandas internas imposibles de satisfacer o por presiones impiadosas del medio, de las que no sabemos o no podemos escapar, conduce al agotamiento psico-físico. Esta forma de la desmesura nos lleva, a menudo, por la vía de la omnipotencia, a la más estrepitosa impotencia. Nos descubre vulnerables al mostrarnos la desproporción entre los objetivos que pretendemos fantasiosamente alcanzar y los recursos reales de que disponemos. Si no aprendemos a revertir el proceso, tras un período largo de lucha desaforada, atravesamos la puerta de la desesperanza y caemos, finalmente, en la depresión.

La vía de la auto-agresión

Poder vérselas adecuadamente con la propia agresión implica un largo aprendizaje. La agresión es una de las fuerzas impulsoras de la vida, en sí misma no es algo malo. Hacemos frecuentemente muy mal uso de ella, degradándola en violencia, lastimándonos o lastimando a otros. Hay una forma particular de maltrato violento que consiste en ensañarse con uno mismo. Así es que en lugar, por ejemplo, de dirigir la agresión hacia nuestro jefe, y de ese modo poder plantearle con energía, clara y honestamente, nuestra posición acerca de aquel asunto que nos tiene fastidiados, nos retenemos, nos controlamos y nos provocamos, en este ejemplo, un aumento de la presión arterial. O aquel día en que debíamos enfrentar a nuestro padre o a nuestro hijo y plantarnos con un firme no, abriendo el espacio de una acalorada discusión, elegimos mirar para otro lado, hacernos los distraídos y nos despertamos al día siguiente con una fortísima contractura muscular en la espalda. Volcar sobre nosotros la agresión es lo mismo que usar la fuerza de la electricidad, que podría mover una máquina, para aplicarnos un choque eléctrico. Auto-agresión es el auto-reproche desmedido, la inculpación por cosas en las que no tenemos nada que ver, el descuido de nuestras propias necesidades, el auto-desprecio y el auto-rechazo ligados al dictamen de un juez sádico que habita en nuestro interior. Los efectos de este maltrato crónico son, básicamente, dos: la enfermedad psicosomática y la depresión.

Como vemos, la depresión involucra todo el tiempo, nuestro ser físico y psicológico. Mientras el proceso se va profundizando se van involucrando más y más niveles de interacción entre esas dos manifestaciones del ser único que somos. Numerosos acontecimientos biológicos consolidan y profundizan el estado. Se alteran las sustancias químicas que transmiten las señales entre las células de nuestro cerebro, se modifican los niveles de muchas de nuestras hormonas, se modifica la repuesta defensiva de nuestro organismo frente a las infecciones, y muchas otras cosas por el estilo. Hay una hormona fabricada por la glándula suprarrenal que cumple un papel preponderante en los desórdenes físicos que estamos considerando: el cortisol. Efectivamente, los estados de desequilibrio que hemos descrito van aumentando los niveles de cortisol hasta ponerlos por encima de sus valores fisiológicos y, peor que eso, hacen a las células productoras de cortisol resistentes a los mecanismos de que dispone el organismo para frenar su fabricación. Los niveles tan altos de esta hormona deterioran el funcionamiento cerebral de muy diferentes maneras y hacen al organismo más vulnerable frente al ataque de micro-organismos, y menos hábil, también, para defenderse de las células tumorales que ocasionalmente se forman en su interior. Cuando las cosas llegan a este punto, la intervención profesional ya es inevitable. Veamos como podemos evitar que las cosas lleguen a los extremos, y poder frenar el proceso mientras estamos a tiempo.

Nos interesa más que como salir de esta situación calamitosa, el modo de evitar entrar en ella, conduciendo nuestra vida por sendas más saludables y nutritivas. Paradójicamente, la mejor manera de no deprimirse es aprender el arte de saber ponerse triste. Es decir, hacerlo de una manera lúcida, elaboradora y resolutiva. Hemos revisado algunas maneras de enfermar, no son las únicas, pero sí las más frecuentes. Tratemos de proponer algunas maneras de vérnoslas con cada una en particular.

Trabajemos nuestras pérdidas

Ya nos dimos cuenta que crecer, madurar, desarrollarnos como personas, hacer nuestras propias elecciones, incluye sufrir pérdidas valiosas. ¿Cuáles son las herramientas con las que podremos enfrentarnos a ese dolor?

  • Darnos tiempo para el lamento: Algunas veces rechazamos tanto el dolor de la pérdida que ni siquiera nos permitimos darnos el tiempo suficiente para llorar genuinamente lo bueno perdido. Es necesario darse claramente ese espacio, todo el tiempo que uno lo sienta necesario, para poder luego avanzar en el trabajo de la elaboración.
  • Atravesar la ilusión: Si algo nos sobra son ilusiones. Fantasías infantiles acerca del funcionamiento de la vida, que serían divertidas si no fuera porque implican peligros serios en el sentido de llevarnos a enfermar psicológicamente. Múltiples ilusiones nos opacan la claridad de nuestra visión del mundo real. Más tarde, cuando la vida no coincide con lo que nuestras fantasías esperaban de ella, en lugar de preguntarnos qué falla en nosotros que no percibimos las cosas tal cual son, increpamos y demandamos a no se sabe bien quién por nuestra frustración, y nuestras ilusiones perdidas. Tratamos luego las ilusiones perdidas como si se tratara de realidades y así las lloramos, mientras nos vamos llenando de resentimiento. Solemos, asimismo, creer que las cosas desagradables suceden por algún tipo de administración de justicia inmediata que existiría en no se sabe que estamento de la organización de la realidad. Así es que si nos ocurre algún infortunio, clamamos al cielo: ¿¡qué hice yo para merecer esto!? Nunca escuché, sin embargo, que alguien se preguntara lo mismo luego de ganar la lotería. De la misma manera podemos admirar o envidiar a quien obtuvo esto aquello, sin incluir en nuestras consideraciones los esfuerzos o las renuncias involucradas en el logro. Os propongo que busquéis en el arcón de las propias ilusiones una media docena de ideas de este perfil. De lejos parecen inofensivas, pero en el contexto en que las estamos considerando, muestran sus uñas con toda claridad.
  • Aceptar el límite del tiempo: Matt Ridley en su hermoso libro Genoma desarrolla una idea que nos resulta útil para lo que estamos discutiendo: “En cuatro mil millones de años de historia terrenal, tengo la suerte de estar vivo hoy. Entre cinco millones de especies, tuve la fortuna de nacer un ser humano conciente”. Hemos recibido un legado, una oportunidad, un regalo o como queráis llamarlo. Esa oportunidad está acotada en sus propias pautas de funcionamiento, e incluyen el tiempo, que es cambio y crecimiento, así como también consumación y fin. No podemos tomar una parte e ignorar las restantes. Vienen juntas. Vivimos en el tiempo, las cosas suceden en él. Se desarrollan y se acaban, y así como hay un tiempo para el despliegue, hay uno para el repliegue. La sabiduría consiste en aprender a surfear sobre la ola del tiempo, no a nadar contra ella.
  • Aceptar la pérdida: Cuando algo, irremediablemente, se fue de nuestra vida, ya sea porque nos dejó o porque lo dejamos ir, debemos aprender a aceptar su partida, no sólo resignarnos a ella. La resignación conlleva una dosis de resentimiento que es conveniente atravesar para llegar a la aceptación. ¿Qué me dejó aunque ya no esté? ¿Con qué me quedo a pesar de ya no tenerlo? ¿Qué me toca aprender de esta experiencia? ¿Qué gano con lo que pierdo? ¿Qué necesito para reparar este dolor? ¿Este dolor me hace más hábil para poder ayudar a otros?
  • Reajustar mis valores: Las situaciones de duelo, bien llevadas, favorecen mucho el repliegue sobre sí que favorece la reelaboración. Es en esos momentos que suelen revisarse a fondo muchos de los valores sobre los que hemos construido la existencia. Algunos saldrán fortalecidos del examen, y otros serán desechados.

Limitar el stress y la ansiedad

La exigencia y la presión no son fuente de crecimiento, porque al estar centradas en una mirada que viene de afuera desconocen los límites y las peculiares y talentosas características de la propia creatividad. La necesidad de desarrollarse y el afán genuino de superación son consustanciales a la naturaleza humana, pero deben encontrar su propio estilo y ritmo, y no incorporarlo sin más bajo la forma de una exigencia externa. El “desarrollo sustentable”, en una dimensión psicológica de la ecología, tal como nos enseñó Bateson debe atender a la optimización y no a la maximización de nuestras posibilidades personales. Los griegos llamaban hybris a esa desmesura en el pretender y en el accionar, y aseguraban que desataba una furia divina especialmente devastadora llamada némesis. ¿Será la depresión una forma de némesis de los sobre-exigentes?

No a la autoagresión

La agresión es una fuerza de la vida que tiene mala prensa. Tratemos de aclarar las confusiones psicológicas en que nos mete la palabra. Convengamos que es injusto y malvado descargar indiscriminadamente nuestra agresión sobre cualquiera en cualquier situación. Tan injusto y malvado como descargarla sobre nosotros mismos. La agresión, tal como intentamos caracterizarla en este momento, es una actitud de acometimiento que puede resultar útil y necesaria para atravesar ciertas situaciones de nuestra existencia. Agresión es aprender que hay momentos de la vida en que debo saber decir no y sostener la tensión que produce mi negativa, es poder decirle a alguien querido algo desagradable, en lo que honestamente creo, aunque no sea lo que espera de mí, y probablemente se decepcione. Es una forma de coraje, entendiendo que esta palabra alude a una acción que nace del corazón. Es clara, frontal, directa y responsable (me hago cargo de lo que digo y hago). Es lo opuesto a la violencia que es aviesa, indiscriminada, traicionera, y por lo tanto esencialmente cobarde. La agresión volcada sobre sí suele estar basada en la dificultad en darle crédito a mis propias apreciaciones, en haber incorporado principios de autoridad excesivamente rígidos y descalificadores . Es una forma de mostrar la escasa autoestima de que dispongo. La salida de la trampa de la autoagresión tendrá que ver, entonces, con desarrollar la capacidad de darme cuenta del proceso emocional que me está llevando hacia la hostilidad, darme crédito, en el sentido de, si esto me está pasando debe tener una motivación genuina e importante para mí. Ponerme en contacto con mi hostilidad, darme cuenta de ella, no implica su descarga automática. Debo detenerme allí e intentar aclararme que necesitaría yo hacer para expresar esto que me pasa. No descargar (sobre mí o sobre los otros) sino expresar auténticamente mi contenido emocional.

Es así entonces que no sobrealimentarnos de fantasías, aceptar los límites que la vida nos pauta, aceptar los límites implícitos en nuestras propias elecciones y no descargar ciegamente la agresión sobre nosotros mismos, llenándonos innecesariamente de culpa y enfermedad, parecen ser buenos caminos para no caer en la depresión.

Conozco un relato precioso compilado por Jorge Luis Borges en una Antología de la Literatura Fantástica, que muestra, de una manera creativa y divertida, mucho de lo que estuvimos tratando de transmitir en estas páginas. Se refiere al hecho que las personas solemos vivir en un mundo poblado exageradamente por nuestras fantasías. Es así que cuando deseamos, pedimos y elegimos somos como niños que no se dan cuenta que todo deseo, que toda elección, es un movimiento incluido en un juego más amplio que nuestra limitada mirada del momento, y que tendrá consecuencias poco apreciadas por nuestra ingenua y anhelante intención original. El breve cuento pertenece al famoso etnólogo inglés James George Frazer, podríamos decir que es una variación sobre la famosa idea de que los dioses, cuando quieren castigarnos, conceden nuestros deseos. Dice así:

Otro relato, recogido cerca de Oldenburg, en el Ducado de Holstein, trata de una dama que comía y bebía alegremente y tenía cuanto puede anhelar el corazón, y que deseó vivir para siempre. En los primeros cien años todo fue bien, pero después empezó a encogerse y arrugarse, hasta que no pudo andar, ni estar de pie, ni comer ni beber. Pero tampoco podía morir. Al principio la alimentaban como si fuera una niñita, pero llegó a ser tan diminuta, que la metieron en una botella de vidrio y la colgaron en la iglesia. Todavía esta ahí, en la iglesia de Santa María, en Lübeck. Es del tamaño de una lauchita, y una vez al año se mueve

Saber estar triste, decíamos antes, paradójicamente nos protege de la depresión. Estar tristes es necesario para replegarse sobre sí y encarar el complejo proceso de digestión psicológica que hará que podamos elaborar las pérdidas, deshacernos de nuestras ilusiones infantiles y hacernos cargo de nuestra hostilidad, cuándo y dónde ésta se nos presente. Deprimirse es, muchas veces, la forma que toma nuestra actitud de negarnos a admitir, simplemente, que aquello que es es, y que solamente podremos atravesarlo si previamente aceptamos plena y cabalmente la verdad de su existencia. El viejo aforismo bíblico de que sólo la verdad os hará libres, cobra aquí una nueva dimensión, al asegurarnos que es sólo a partir de la aceptación de la verdad de los hechos que la vida nos trae que podremos liberarnos del dolor de la depresión. Consideremos unas breves apostillas útiles para enfrentar la tristeza y la depresión:

  • Mantente emocionalmente presente frente a tu propio sufrimiento todo lo que te sea posible, confía en tu capacidad de obtener el fruto de sostener la conciencia acerca de tu devenir interno.
  • Trátate bien, sé paciente con tu propio proceso, alimenta la fe en las posibilidades de tu desarrollo personal.
  • Respeta tu tiempo, tu ritmo, y estimula el incremento de tu poder personal.

Sobre el autor

alejandro_napolitanoAlejandro Napolitano es médico, especialista en psiquiatría, psicoterapeuta gestáltico y master en psicoinmunoendocrinología.

Se dedica a la psicoterapia y psicofarmacología clínica de adultos, en forma individual y grupal.

Una parte importante de su actividad profesional está destinada a la supervisión clínica y la formación de psicoterapeutas, tanto en forma privada como institucionalmente en la Universidad de Palermo, la Asociación Española de Terapia Gestalt (AETG), y la Asociación Gestáltica de Buenos Aires.

Es discípulo y colaborador del Dr. Claudio Naranjo, el equipo de terapeutas de los Programas Internacionales SAT y Gestalt Viva, desempeñándose en Argentina, México, Uruguay, Brasil, España, Colombia y Chile. Está habilitado por Claudio Naranjo para dar formación en Protoanálisis (Análisis del carácter según el Eneagrama ).

Desarrolla actualmente investigación clínica en las áreas de Trastornos de Ansiedad y Tratamientos conjuntos Psicoterapéuticos y Psicofarmacológicos.

Artículo publicado en Psicoactualidad.com

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