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Tiempo de envejecer

  • Autor / Autores
  • Palabras clave
    vejez joven-viejo sabio ocaso experiencia tercera edad proceso vital
  • Resumen

    Dejé de mirar el curso de la vida como una sucesión de ciclos o etapas. Empecé a mirarla como un proceso que empieza con el nacer y termina con el morir. Me di cuenta que nuestra cultura occidental fragmenta dicho proceso y cuando una persona atraviesa uno de los segmentos, vive en la fantasía de que ésta será eterna..

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Introducción

Tiempo de envejecer

A partir de los 30 años pasar de una década a otra es índice de una inquietud que atraviesa a hombres y mujeres con diferentes matices. De ahí que en nuestra cultura occidental festejar los 30, los 40, los 50... se constituye en cumpleaños diferentes que despiertan emociones y expectativas también diferentes. Algo así como si el final de una década simbolizara el cierre de una etapa vital sin retorno y el pasaje a otra que remite a la sensación de pérdidas así como al encuentro de metas a alcanzar.

Es a partir de los 40 que, con mayor precisión empezamos a interrogarnos acerca de nuestro propio envejecer. Las señales de nuestro cuerpo -arrugas, canas- empiezan a anunciarnos la transformación que despierta ansiedades y temores. Ante nuestros ojos los niños que nos rodean se van haciendo jóvenes y es como si nos empujaran hacia esa transformación no deseada ni buscada. Inevitable.

Sabemos que, en la actualidad, el niño que nace podría llegar a vivir entre 80 y 100 años. Sabemos también que con el nacer llega la posibilidad de morir. ¿Cuánto viviré y cuándo moriré? Es un interrogante al que no logramos escapar, que se nos presenta con mayor o menor frecuencia en el curso de nuestro vivir.

La vida quiere vivir sabiendo que en algún recodo de la vida tendrá que entregarse a la muerte, que es la que le dará sentido. Todo comienzo trae en sí un final. Lo que se abrió tendrá que cerrarse. La vida se define en relación a la muerte. Lo que no es vida se gasta, se disgrega, se rompe... la planta, el animal, el humano mueren porque viven.

De todos los seres vivos sólo el humano se empeña en resistir el proceso natural de nacer, crecer, envejecer y morir. Lo cual es fuente de lucha y dolor. Lucha y dolor que se insinúa mucho antes de lo que sería razonable esperar. De ahí que cumplir los 40 ya es motivo de inquietudes, de bromas amargas, de pensar en el "ahora o nunca". El consuelo es que mis amigos también rondan los 40.

He notado que cumplir los 50 tiene un matiz diferente, menos nostálgico. La exigencia con que entré en los 40 no es tan acuciante. Lo logrado entre los 40 y los 50 permite un contacto más realista con uno mismo. Algo así como un respiro. Mis canas, mis arrugas ya no me son ajenas. Probablemente el sentirse entero y sosteniendo su vivir cotidiano lo ha reconciliado consigo mismo.

Cuando se está llegando al final de la década de los 50 muchos han conocido ya el goce de ser abuelos. La proximidad de cumplir los 60 vuelve a ser inquietante, ¿será ya la vejez? La cultura de la que somos parte nos dice que entre los 60 y los 65 somos viejos, gerontes, tercera edad, ancianos... muchos nombres que poco tienen que ver con lo que siento y lo que me pasa.

Este es el tema en cuestión: a los 60 años tengo por delante la posibilidad (teórica) de vivir 40 años más. Algo así como la tercera parte de nuestra vida. La pregunta que hago es si todo ese tiempo puede ser tratado como un bloque al que se le asignen características comunes. La otra pregunta tiene que ver con que ¿desde dónde? una persona puede ser definida desde la cronología de su fecha de nacimiento, desde lo que la biología considera vejez, desde lo que la sociedad le posibilita, etc.

El gran dilema se define en términos de quién soy para el otro y quién es el otro que mira o evalúa. Quién soy para mí y cómo soy desde mí y desde mis posibilidades. Este dilema aún no resuelto ni enfrentado será el responsable de que el número de años complique nuestro estar en el mundo.

Reconocer la propia vejezNadie puede mirar su propia vejez hasta que no empieza a reconocerla en sí mismo. Vemos la vejez del otro y es desde esa mirada que la amamos o la odiamos de acuerdo a lo que valoramos como buena o mala vejez. Cuando es el otro el que nos reconoce viejo (casi siempre antes de percibirla nosotros) podemos ofendernos o darnos cuenta soy viejo en relación al otro, es decir, más viejo que ó mayor que. Uno siempre es más viejo que alguien y más joven que otro ya que vivimos rodeados de gente de diferente edad.

Si una persona mayor visita a un clínico éste podrá diagnosticar el mal que lo aqueja y tomar en cuenta la edad del paciente para definir su estrategia terapéutica Lo que no puede es pensar que lo que le pasa al paciente tiene que ver con su vejez.

La edad del síntoma importa más que la edad del paciente cuando se trata de hacer un buen diagnóstico. Una persona de 80 puede tener mejor salud que uno de 70. Lo que solemos rechazar de la vejez son fenómenos que pueden estar presentes a cualquier edad. La apatía, la depresión, el aspecto físico, la inactividad, las alteraciones de la memoria, el rechazo de los más jóvenes, el vivir privilegiando el pasado, los achaques, las quejas, la hipocondría, el pesimismo, el aburrimiento, etc. Características todas ya presentes en la historia de un sujeto que con los años se acentúan. No son necesaria ni inevitablemente las marcas del envejecer aunque estén más visibles en muchos viejos.

En la consulta psicológica la persona que busca ayuda tiene a su favor el deseo de cambiar y superar las trabas que afectan a su buen vivir. En más de 30 años de practicar psicoterapia con gente grande no ha dejado de sorprenderme que nadie viene a la consulta por ser viejo. Vienen porque son personas que tienen problemas de diferente tipo y el proceso terapéutico transcurre como tal sin diferir del de otras edades.

Lo que sí he notado en el curso de los años es que la gente de 60 ó 70 es hoy más joven que hace 30 años. El mundo cambia y los viejos también.

La perspectiva del futuro suele ser en los humanos una proyección de temores y ansiedades que dificulta la percepción del presente. Dicha proyección tiene sus raíces más en el pasado al cual quedamos entrampados desde nuestros juicios presentes. Nos resistimos a entender que lo que hice fue lo que entonces pude hacer. Por lo cual nos transformamos en implacables jueces de nuestra propia historia cargándonos de culpas, enojos, resentimientos. Desde ahí perdemos nuestras posibilidades presentes de aprovechar mejor nuestra experiencia aliviándonos de cargas que atenían contra el buen envejecer. De eso se trata, de saber envejecer. De no tratar a la vejez como el tacho de residuos donde se acumulan los errores de toda la vida Porque no hay errores de toda la vida. Los errores se hacen en el aquí y ahora. Tirarlos para atrás o para adelante es el modo en que nos estafamos a nosotros mismos.

La cuestión más espinosa que afecta el envejecer es socio-cultural y también económica. No sólo los viejos, también los niños y los jóvenes se ven seriamente afectados por una sociedad en descomposición en donde cada vez más gente no puede acceder a puestos de trabajo y/o beneficios sociales justos. Se ignora la capacidad de los viejos y se los arranca de su trabajo por el solo hecho de cumplir tantos años. El salto hacia abajo de sus ingresos los empobrece de golpe. Son muchos, cada vez más, los mayores que necesitan servicios sociales, de salud, de reciclaje hacia nuevos intereses y lo que los gobiernos ofrecen está muy por debajo de las necesidades. No tienen posibilidades de traspasar sus experiencias en un mundo acelerado que sólo los ve cuando molestan. Tampoco saben cómo ni donde brindar las experiencias, sabias o no, que llevan a cuestas. Al no aprender de los errores de los mayores los jóvenes vuelven a repetirlos. La juventud sin buenos modelos de vejez se quema en su propio fuego creyendo que serán jóvenes siempre. Una sociedad necesita de la presencia de por lo menos 3 generaciones -dicen los antropólogos- hoy coexisten más. Somos muchos más los mayores, menos niños, menos adolescentes, pronostican los sociólogos. Habrá que pensar el mundo de una nueva manera. La actual está llegando a su fin.

Artículo publicado en Psicoactualidad.com

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