Boletín de novedades
Inicio Publicaciones Dependencia psicológica

Dependencia psicológica

  • Autor / Autores
  • Palabras clave
    dependencia abuso circuitos de recompensa dolor placer pertenencia identidad vínculo
  • Resumen

    Si lo observamos detenidamente veremos que muchísimas cosas y situaciones nos pueden provocar placer, y, con el debido adiestramiento, casi todo puede llegar a ser placentero, hasta el sufrimiento mismo, hasta lo destructivo. ¿Cómo es esto posible? Se trata de uno de los problemas más complejos que ha enfrentado la Psicología desde sus inicios, y resolverlo, aún parcialmente...

  • Presentado en

Dependencia psicológica: primera parte

Experiencia placentera - Dependencia psicológica, artículo publicado en Psicoactualidad

Una tarde apacible de verano, ver llover sobre las plantas, en la galería de la casa. Caminar descalzo sobre el césped recién cortado. Sentarse a comer ese plato favorito en la compañía deseada. Deslizarse con el auto por la carretera escuchando la música de mi juventud. La dulce e intensa intimidad de una noche amorosa que se demora hasta el amanecer. El sobresalto al leer, ensimismado, viajando en el metro, el remate rotundo de ese poema de Borges. El aroma del café, que está siendo preparado para mí, percibido apenas, mientras no acabo de remolonear en la cama.

Experiencias de placer. Momentos ajenos al dolor y al deber, guardados por la memoria como representantes de la felicidad. Hay quien asegura que la felicidad es eso, un registro de la memoria: nos damos cuenta que hemos sido felices.
Detenerse en el placer, demorarlo, anticiparlo, provocarlo, intentar repetirlo, ¿qué tiene eso de malo? O es acaso que debiéramos procurarnos el dolor, eso que la vida trae sola y sin ayuda. O sólo atender al deber y la obligación, acreditando activos en una cuenta, que vaya a saber cuándo y en qué condiciones pasaremos a cobrar.

Es fácil evocar en casi cualquier persona la experiencia del placer a partir de los ejemplos que imaginamos más arriba, todos ellos tienen algo de universales. No obstante el placer nos llega muchas veces por vericuetos enrevesados. Si lo observamos detenidamente veremos que muchísimas cosas y situaciones nos pueden provocar placer, y, con el debido adiestramiento, casi todo puede llegar a ser placentero, hasta el sufrimiento mismo, hasta lo destructivo.

¿Cómo es esto posible?

Se trata de uno de los problemas más complejos que ha enfrentado la Psicología desde sus inicios, y resolverlo, aún parcialmente, ha desvelado a muchos estudiosos, hasta el día de hoy. Hay cosas que nos gustan, y que además nos gusta que nos gusten. Los atardeceres sobre el mar por ejemplo. Nos gusta reconocernos y ser reconocidos como personas sensibles, capaces de conmoverse por los matices del naranja y el rojo del sol hundiéndose en el mar. Hay cosas que no nos gustan, pero nos gustaría que nos gustasen, la música contemporánea podría ser el caso. Eso nos mostraría como personas cultas, de intereses estéticos diversos, capaces de encontrar la belleza donde todos hallan ruidos incomprensibles. Hay cosas que nos gustan, a veces muchísimo, pero no nos gusta que nos gusten, como ese programa chabacano de la TV, o hurgarnos con la lengua la oquedad de una muela. Demuestra que tenemos aspectos que juzgamos tontos u ordinarios y no nos gusta mostrarlos. Mantenemos así, una colección privada de placeres secretos, casi nunca compartidos. Vemos entonces, que la relación con nuestro placer es a veces armónica y a veces conflictiva. Muchas veces no acuerdo con ese placer intenso que siento surgir desde una profundidad en mí que no quiero reconocer como propia.

Hay también en el placer un elemento que debemos considerar, y es lo que llamábamos antes el adiestramiento o la educación para el placer. A todos nos gusta espontáneamente, desde niños, lo dulce, pero los sabores amargos o ácidos de algunas bebidas o alimentos, debemos aprender a gustarlos, probándolos de a poco, hasta que logramos apreciarlos intensamente. Puede suceder que algo llegue a gustarnos sólo después de un largo aprendizaje que incluye un gran esfuerzo, emprendido tan sólo porque estamos convencidos que aquello es algo bueno, bello o muy nutritivo. Por ejemplo, disfrutar de poder correr diez kilómetros, o de tocar la serie completa del Clave Bien Temperado de Bach. Curiosamente, también puedo entrenarme, con gran ahínco, para encontrar placer en producirme pequeños cortes con una navaja en el antebrazo, si tengo éxito los cortes serán cada vez mayores. ¿En qué momento de mi historia y bajo cuáles circunstancias logré anudar el goce con esa actitud autodestructiva? Difícil saberlo, pero es harto frecuente hallar situaciones humanas en las cuales el placer, el dolor y la autodestrucción se hallan entretejidas en una trama de apariencia indisoluble. El placer es “hacia la vida” en algunos de nuestros ejemplos, y “hacia la muerte” en otros. Parece ser, entonces, que sólo el placer, él y por sí mismo, si bien necesario, no es suficiente para informarnos acerca de aquello, que a falta de una expresión mejor, llamaremos “lo bueno de la vida”.

La psicología nos ha enseñado, desde hace mucho tiempo, que existe una tendencia espontánea y universal en nuestro psiquismo que alimenta la esperanza ilusoria de mantener estables e indefinidamente prolongados en el tiempo, estados carentes de conflictos y por lo tanto de sufrimiento. Estados en los cuales todos nuestros deseos pueden cumplirse sin generar desacuerdos ni confrontaciones de ningún tipo. Esta fantasía infantil, anidada en lo profundo de nuestra mente inconsciente, se resiste a incluir la alternancia entre placer y dolor como una regla básica del estatuto de la existencia humana. Llevar esta convicción al extremo, suele conducir a las personas a atrincherarse en las mil variantes de los paraísos artificiales, algunas más peligrosas que otras. Al cabo, el dolor que se intentó evitar, irrumpe multiplicado e inmanejable. Esta creencia, a todas vistas un poco loca, forma parte de la raíz y naturaleza de nuestro ego. Han sido las psicologías derivadas del pensamiento de algunas de las culturas de Oriente quienes mejor nos han señalado la vía de salida de esta trampa ilusoria, al enseñarnos que tanto el placer como el dolor son experiencias alternantes e impermanentes, que deben ser transitadas (no descartadas sino trascendidas) para alcanzar la verdadera naturaleza de nuestro ser.

Los seres humanos somos muy complejos. Si nos comparamos con nuestros hermanos los animales, esa complejidad de nuestro funcionamiento mental y de nuestro comportamiento la vemos proviniendo de una mayor complejidad en el desarrollo cerebral. A medida que esa complejidad fue desplegándose en el comportamiento y en la cultura, la satisfacción de las necesidades y la obtención de placer fue haciéndose cada vez más sofisticada y comenzó a alejarse de los primitivos objetos y situaciones capaces de proporcionar satisfacción. Así es como el puro hambre biológico dio lugar a los diversos y refinados apetitos satisfechos por el arte culinario, o como el ritmo de la actividad sexual dejó de estar marcado por el celo y la necesidad reproductiva, para devenir en un fin en sí mismo, en el cual la necesidad a satisfacer es la obtención de placer misma. Accedemos así entonces, a lo que Foucault llama el uso de los placeres. La palabra uso, alude a la posibilidad de acceder al placer en la misma forma en que uno lo hace a cualquier instrumento que esta allí para ser utilizado, según mi necesidad y conveniencia: un destornillador, un CD, un automóvil o un software. Semejante posibilidad de manejo del placer implica una verdadera revolución en la historia de los seres vivos, y es exclusivamente humana. Se originan así entonces una nueva serie de problemas y preocupaciones acerca de cuáles son las mejores maneras de administrar y regular ese poder sobre el placer, ya que, tempranamente se advierte que, librado a su antojo puede resultar nocivo. Todas las religiones, sistemas morales e ideologías, cada una en su momento, han tenido algo para decir sobre este espinoso asunto.

Es importante que aclaremos que cuando hablamos de uso en cuestiones referidas a la conducta humana, surge la posibilidad de considerar el pasaje al abuso y a la dependencia. Es así que uso, abuso y dependencia representan un tríptico de progresivos pasos posibles en la relación de los seres humanos con la búsqueda y administración del placer, y (¡a no olvidarlo!) con la evitación del dolor.

Trascender - Dependencia psicológica, artículo publicado en Psicoactualidad

Las situaciones de dependencia quedan establecidas cuando la persona comienza a vivir por y para el objeto de su placer. El hombre, a lo largo de la evolución histórica, ha tenido acceso a operar en forma, a veces directa y a veces mediatizada, sobre lo que conocemos hoy en día, desde la neurobiología, como circuitos de recompensa. Los circuitos de recompensa son conexiones estables de nuestro cerebro, cuya activación produce vivencia de placer. Su funcionamiento, aunque no las consecuencias del mismo, permanece por debajo del nivel de la conciencia. Las sustancias desde antiguo conocidas como adictivas (cocaína, heroína, marihuana, etc.) producen (con algunas diferencias) la puesta en marcha de estos circuitos. El uso sostenido de las mismas desarrolla (con variaciones entre las diferentes sustancias) tolerancia (necesidad de aumentar la dosis para obtener igual efecto) y dependencia. La dependencia es algunas veces psicológica (necesidad impostergable de volver a vivir la sensación placentera) y otras veces, además de psicológica, física, ya que las sustancias en cuestión pasan a formar parte del propio metabolismo cerebral, no pudiendo ser interrumpida bruscamente su administración, sino a costo de provocar intensísimos síntomas desagradables, que a veces pueden poner en riesgo la vida (síndrome de abstinencia). Cuando se llega a ese punto el tejido nervioso ya no puede trabajar en ausencia de la sustancia extraña, iniciándose un proceso de deterioro progresivo. Es conocido el experimento hecho en ratas de laboratorio que ilustra la situación. Se implantan electrodos en el cerebro del roedor que al ser activados producen el efecto placentero. Se le enseña al animal a activarlos mediante una palanca que puede accionar con la pata. Llegados a este punto los animales se autoestimulan interminablemente. Dejan de comer y beber y mueren exhaustos. La activación antojadiza de estos circuitos de recompensa es un ejemplo inmejorable de aquella situación humana inmortalizada en la historia del aprendiz de brujo. Un joven estudiante aprende, espiando al viejo brujo, cómo hacer para que los cubos de agua se llenen y vacíen solos, y la escoba barra por sí misma, sin que él deba ocuparse de manejarla. Cuando le toca asear el gabinete echa mano de las palabras mágicas y pone en funcionamiento el hechizo. Todo funciona bien hasta que se da cuenta que no conoce el conjuro para detenerlos.
El viejo brujo llega, para frenar el caos, evitando justo a tiempo que el infeliz aprendiz muera ahogado. En la historia de las adicciones, muchas veces el viejo brujo no llega a tiempo.

No obstante los ribetes trágicos que pueden adquirir las situaciones humanas de adicción a sustancias, la historia de las adicciones y la dependencia está menos ligada, en su génesis, al uso de químicos que a la actitud psicológica que hemos caracterizado en este artículo. La utilización de sustancias químicas o alcohol le añade un elemento dramático al complicar la salud corporal en el descalabro, y empeorar el pronóstico, pero el puntapié inicial está dado por una tendencia a resolver los conflictos a través de una actitud infantil regresiva y negadora, a evitar enfrentar el dolor, a conducirse omnipotente y mágicamente con los deseos, a refugiarse en la fantasía de resoluciones ilusorias y evasivas de los problemas que la vida trae. Es así que podemos tornarnos dependientes en una cantidad interminable de situaciones. Podemos establecer vínculos de uso, abuso y dependencia, entregando nuestra vida a un vivir por y para el juego, una relación de pareja simbiótica, las compras compulsivas, el trabajo, el sexo, internet, y cuanta cosa se cruce en nuestro camino.

Dependencia psicológica: segunda parte

Veamos ahora porque decimos que es posible establecer relaciones de patológica dependencia con infinidad de objetos y situaciones. Detengámonos a revisar un poco nuestras relaciones sentimentales, y la manera en que las establecemos, para no restringir las situaciones de dependencia a sustancias químicas, como quien cree que es ese “objeto malo” el causante de mi dolor.

Pertenencia e identidad - Dependencia psicológica, artículo publicado en PsicoactualidadLas relaciones con las personas, que se han ido transformando a lo largo de la vida en nuestros otros significativos no son prescindibles. Son nuestra atmósfera humana. Es allí donde respiramos el aire que nos mantiene humanamente vivientes. Conforman para cada cual el mundo particular que se ha construido, de modo tal que vivimos en ellas, es decir dentro de esas relaciones, como quien habita una casa. Sin esos vínculos nos sentimos a la intemperie. Las relaciones con nuestros otros significativos, padres, hijos, parejas, hermanos, amigos, nos otorgan un hondo sentido de pertenencia. Aún más que eso, son las que terminan de consolidar nuestra identidad: somos quienes somos en relación a esos otros. Pertenencia e identidad ¿Qué es esto? Pues nada menos que pertenecer, participar, ser una parte esencial, de un grupo humano, y a la vez definirme con rasgos propios, que me otorgan individualidad. La pertenencia me protege del aislamiento y la identidad evita que me funda indiferenciadamente con los demás. Pertenencia e identidad son dos valores muy hondamente apreciados por cada uno de nosotros. Esa apreciación es profundamente subjetiva e inconsciente, y se percibe como una distinción en el interior de una polaridad entre pertenencia versus aislamiento en un caso, y ser alguien versus ser nadie en el otro. Aislamiento y carencia de identidad son vividos como angustiantes, mientras que pertenencia e identidad resuenan emocionalmente como gratificantes, placenteros.
Retengamos ese dato.

Atendamos ahora al curioso hecho que sigue. En algunos momentos de mi historia, cuando era aún muy pequeño, fui acomodando mi pertenencia y mi identidad a lo que la vida me ofrecía. No a lo ideal, sino a lo posible. Me fui adaptando, lo más creativamente que pude, a las condiciones físicas y mentales con las que nací dotado y al lugar en que me tocó “aterrizar” a mi llegada al planeta. Lugar que ya estaba prefigurado antes de mi nacimiento.

A Esteban le tocó nacer en una acomodada familia de clase alta, como primer hijo, sobrino y nieto, Rosa aterrizó en un suburbio de Buenos Aires, su madre es una mujer buenísima y ciega, Ibrahim es el sexto hijo de una familia de campesinos en algún país de Medio Oriente, será criado por una tía paterna y tendrá un hermano menor discapacitado. Cada uno puede añadir su propio personaje a la lista. Una vez que logro “calzar” una identidad y una pertenencia algo dentro de mí se calma. Una angustia insoportable cede. Para acomodarme creativamente a la vida deberé ser unas veces “la alegría de la casa”, o tal vez me tocará ir de valiente y provocador, otra persona verá que todo funciona cuando se comporta como una chiquilina ingenua, o si la va de “salvadora del mundo”. Sucede que una vez que esas formas de funcionamiento se estabilizan quedan ligadas a la gratificante, placentera (y muchas veces oculta) sensación de ser y pertenecer. Aunque mi identidad sea la de un violento y mi pertenencia a un grupo marginal.

Tenderé entonces, a establecer mis nuevas relaciones con aquellas personas que puedan jugar los roles complementarios necesarios para que yo continúe jugando el mío, si hay algo seguro en este mundo humano, es que siempre habrá un roto para un descosido, de manera que podemos dar por descontado que cada quien hallará su partenaire adecuado. El “otro” con el que intentaré armar un vínculo, no será entonces un auténtico y legítimo “otro”, sino un objeto, lo percibiré sólo parcialmente, en la medida en que me permite jugar mi juego, que, si la relación funciona, se convertirá en nuestro juego. Un objeto de mi juego aprendido en la niñez para calmar la angustia. Un objeto del que haré uso, abuso y hasta podré volverme dependiente.

Estos esquemas armados por nuestra mente infantil nos dominan luego a lo largo de muchísimos años de dolorosas experiencias. La palabra vínculo proviene de la palabra cadena, y al examinar los vínculos humanos a la luz de lo que estamos describiendo, comprendemos esa conexión. Ronald Laing en su libro Nudos describe poéticamente muchas de esas complicadas tramas vinculares, descubiertas en su experiencia como terapeuta, extraemos algún fragmento:

“Había una vez un niño llamado Juan
que quería estar todo el tiempo con su mamita
y tenía miedo de que ella se fuera

después cuando fue un poco más grande,
quería estar lejos de su mamita
y tenía miedo de que
ella quisiera estar todo el tiempo con él

cuando fue grande se enamoró de Juana
y quería estar todo el tiempo con ella
y tenía miedo de que ella se fuera

cuando fue un poco mayor,
no quería estar todo el tiempo con Juana
tenía miedo
de que ella quisiera estar todo el tiempo con él, y
de que ella tuviera miedo
de que él no quisiera estar todo el tiempo con ella

Juan hace que Juana tenga miedo de que él la abandone
porque él tiene miedo de que ella lo abandone.

Juan tiene miedo de que Juana sea como la madre de él
Juana tiene miedo de que Juan sea como la madre de ella

Juan tiene miedo de que
Juana crea que él es como la madre de ella
y de que Juana tenga miedo de que
Juan crea que ella es como la madre de él

Juana tiene miedo de que
Juan crea que ella es como la madre de él
y de que Juan tenga miedo de que
Juana crea que él es como la madre de ella”.

Lo que hace tan atrapantes estas observaciones de Laing es, la manera tan sencilla en que quedan expuestos los miedos y las negociaciones de la mente infantil, en medio de las relaciones de la vida adulta, convocando al enredo infinito de la mente infantil de los otros.

Si logro calzar justo con alguien que me permita repetir el estilo de vínculo íntimo que fue dominante en mi infancia, aquel en el cual satisfice mis primeras necesidades de identidad y pertenencia, lo mantendré aunque sea una fuente inagotable de dolor y frustración. Aunque concientemente pueda manifestar mi fastidio y mi rechazo, permaneceré dependientemente ligado a esa relación.

La clave para deshacer estos nudos infinitos se la vamos a pedir a un poeta. Los poetas han sido siempre muy lúcidos para percibir los males del alma y sus remedios. Homero le hace decir a Helena en la Ilíada: “Héctor, tú eres mi padre, mi señora madre y todos mis hermanos. Pero sobre todo eres el amor que florece”

En la primera parte de la frase Homero nos explica en sólo doce palabras que la puerta de entrada, inevitable, a todas las relaciones amorosas de nuestra vida se establece sobre el molde que aprendimos en nuestros vínculos primarios. Añade luego un pero y un sobre todo, que nos advierten, muy claramente, que esas relaciones deberán ser trascendidas, atravesadas, superadas, si pretendemos acceder al milagro de el amor que florece.

El primer paso para ese atravesar es advertir que el otro es un legítimo y auténtico otro. No es un objeto para la procuración de mi placer o el despliegue de mi rollo. Tiene su propia historia, con sus miedos, sus secretos y sus necesidades, y sería bueno que lograra detenerme para permitir a lo novedoso que muestre sus atractivos. A ese otro llego por lo igual, pero sólo creceré y crecerá la relación si accedo a lo diferente. Si me quedo en lo conocido sólo podré avanzar hacia lo conocido. Instalado allí caminaré en círculos, anestesiadamente, o sufriré la frustración de una relación tóxica de la que me he vuelto dependiente, al estilo de “ni contigo ni si ti”. Ese atravesar implica asumir el riesgo de la propia libertad. Tomar las riendas de la propia vida para dirigirlas concientemente hacia regiones desconocidas dónde habrá que sortear obstáculos difíciles y situaciones críticas. Aprender a usar otros recursos distintos de los conocidos y trillados.

Trascender - Dependencia psicológica, artículo publicado en PsicoactualidadEl primer paso en un camino de crecimiento es frustrar mis viejos mecanismos conocidos para permitir que surjan otros. Eso origina inevitablemente situaciones de crisis, angustia y dolor. Ese dolor no puede ser evitado, no debe ser evitado. Pero ese dolor tiene un sentido porque nos permitirá crecer. No es un dolor destructivo. Lo que destruye es el dolor inútil, el que no lleva a ningún lado, el del perro mordiéndose la cola. Es posible que a veces requiera ayuda para atravesar esa zona de crisis, deberé aprender a pedirla, renunciando a otra característica de mi mente infantil: la omnipotencia. Es posible, tal vez seguro, que alguien se fastidie por los movimientos de mi crisis, que algunas relaciones se resientan o se pierdan (desde ya perderé la relación íntima que sostengo con los padres de la infancia). Deberé aprender, adultamente, a evaluar que gano si gano y que pierdo si pierdo, y a elegir, y a aceptar las consecuencias de mis elecciones, todas las consecuencias.

Atravesar la crisis me permitirá encontrarme conmigo mismo como una persona más libre y madura, menos ilusa, más plena de sentido. La felicidad nunca es algo que pueda garantizarse, pero sí la autenticidad, la verdad en el vivir.

Dependencia psicológica: tercera parte

¿Cómo salir, entonces, de los enrevesados caminos de la mente que nos pueden llevar a tomar lo destructivo por constructivo, lo tóxico por nutritivo?

Demos una idea aproximada acerca de cómo son esos senderos, para ensayar los modos posibles de liberarse. Hagamos entonces un tour alrededor de nuestras ideas más locas.

Allí viene Superman

Juan Carlos bebe en exceso desde hace, por lo menos, un año y medio. Se da cuenta perfectamente que está usando el alcohol para poder hacerle frente a situaciones que lo atemorizan. Ayer necesitó de una botella y media de cerveza para poder acudir a su segunda cita con Paula. La primera vez que se encontraron estuvo tan inhibido que no pudo meter ni un bocadillo, en cambio ayer se lo veía verdaderamente seductor. Héctor, el hermano menor, encontró varias botellas en su cuarto y lo sorprendió más de una vez bebiendo a solas. Pudo decírselo abiertamente. Juan Carlos le respondió que sabía que estaba bebiendo un poco de más, pero que la situación estaba perfectamente controlada. Le explicó que él era una persona especialmente dotada para dominar sus impulsos en el momento mismo en que lo considerara necesario. Que el alcohol no era un enemigo suficientemente poderoso ante su fortaleza de carácter. Que comprendía que le costara entenderlo, porque el común de la gente no posee esos rasgos de personalidad que hacen de él alguien un poco especial.

Fueron necesarios la pérdida de una Paula y dos empleos para que Juan Carlos bajara estrepitosamente del Olimpo de su omnipotencia. Lo primero que aprendió a distinguir, cuando llego a tierra firme, fue la diferencia entre puedo y no puedo. Lo segundo fue diferenciar no puedo de no se puede. Parecen diferencias mínimas, tontas u obvias, pero para Juan Carlos significaron la distancia entre la locura y la cordura, entre la vida y la muerte. Te pido que intentes establecer la distinción en episodios de tu propia vida y así observes la relación con tu propia omnipotencia. Hay cosas que puedo hacer, hasta un cierto punto en que puede ocurrir que deje de poder. Como por ejemplo cuando dejo que el alcohol avance sobre las sutiles vías metabólicas de mi organismo, llegará un momento en que ya no pueda, voluntariamente controlar la ingesta. Hay cosas que no puedo hoy, pero tal vez pueda mañana, pero también hay cosas que no se pueden, ni hoy, ni mañana ni nunca porque están más allá de mis posibilidades y de las de cualquiera , como por ejemplo decidir que a mí, en particular, determinada cosa no va a hacerme daño, simplemente porque así lo quiero.

Llega Mr. Magoo

Guadalupe vive frente al ordenador. Vive quiere decir que vive, o sea, come, bebe, conversa, fantasea, sueña, ríe, disfruta, se enoja, se excita, viaja, estudia, juega… juega a que vive. El chat, internet, algo de música y películas llenan la vida, reemplazan la vida.

Hace tiempo que no sale de casa sólo por el gusto de dar un paseo, sus problemas con el acné y el sobrepeso se han agravado mucho. Dejó de bañarse a diario. Sus amigas se lo dicen, a través del ordenador y cuando pueden, rara vez, personalmente. Se lo dicen porque es obvio y evidente para cualquiera: Guada tiene muchas dificultades para relacionarse con las personas reales, particularmente porque siente un gran rechazo por su aspecto físico. Todos lo ven, menos ella. Así es la negación. Empieza uno no viendo los detalles dolorosos de ciertas situaciones, y termina no viendo ni por dónde camina. A través de la negación uno puede tapar con algo tan chiquito como el dedo pulgar algo tan grande como la luna.

Quien fue de una gran ayuda para que Guadalupe diera el primer paso para salir de su adicción al ordenador fue su amiga Carmen. Carmen se dio cuenta que varias de las amigas de Guada la ayudaban a sostener esa ficción de vida en lugar de ayudarla a ver que eso no era vida. Le hacían las compras, o trámites, por la pena que les daba su estado iban a quedarse con ella o le cocinaban. Retiraron, entonces, ese apoyo logístico y lo primero que pasó fue que Guadalupe comenzó a sentir los fastidiosos inconvenientes prácticos de su aislamiento. Lo segundo ocurrió unos días después y fue un poco más dramático. Tras una de sus esporádicas duchas se topó de repente y sin proponérselo con su imagen en el espejo. Desnuda, de frente e inadvertida, la visión le produjo un inmenso rechazo. Sintió odio, asco, y se gritó cosas horribles a la cara. Pero en medio de esa crisis de gritos y llanto, descubrió en la mirada de esa mueca vociferante el enorme dolor, miedo y pena que se escondía tras ese rechazo. Vio en esos ojos una niñita asustada y perdida y sintió la perentoria necesidad de cuidarla, protegerla. Fue como si de repente viera, simplemente viera lo que siempre había estado allí. Ese sólo ver fue la puntada inicial, de un camino de recuperación. Necesitó ayuda, pero ahora la ayuda fue para salir, no para permanecer.

La Reina de la Tragedia

Elvira ha vuelto a estar con Pepe. Parece increíble pero es cierto. No serían nada esos cinco años de peleas permanentes, reclamos interminables, celos insufribles. Fue muy duro tener que informar que el novio que participaba desde hace tanto de las reuniones familiares era un señor casado, padre de tres criaturas (las mellizas son preciosas). No hablemos de aquellos ahorros perdidos en 2002, prestados por una semanita nomás, que nunca volvieron a aparecer (Elvira ya no se los reclama porque Pepe se deprime).

Ella lo pone muy nervioso con sus preguntas y sus emplazamientos, si no fuera por eso él jamás le levantaría la mano, porque “en el fondo es bueno, después se siente culpable y me pide perdón”. Cuando viaja en el tren, sola, se da cuenta de cosas, no es tonta, pero tampoco puede entender algunas de las cosas de las que se percata. Es un secreto que a nadie le cuenta, que descubre un oculto placer en ser considerada tan lastimosamente por tanta gente, “…pobre Elvira…”. Pero más secreto es que a veces se da cuenta que ejerce un poder muy grande sobre Pepe, parece mentira, pero lo puede. No obstante sufre, sufre de verdad, no simula. Un día viajando en el tren, mirando por la ventanilla, se dijo a sí misma, en silencio, apenitas, “ya no quiero”. Eso fue todo. Había gritado, llorado, golpeado, insultado a Pepe en escenas horribles tantas veces, tan inútilmente. Pero esta vez fue distinto. Lo que le sonó fuerte en el “ya no quiero” no fue el “ya” sino el “quiero”.

Descubrió que había un deseo de sufrir, y eso la impresionó. Pero aparecía ahora un deseo de no sufrir, hijo de esas cositas secretas de las que se daba cuenta cuando viajaba en el tren. Descubrió, también, que había una libertad, pequeñita, condicionada, pero que era suya, y que podía crecer. Eso fue todo. Sólo una puerta que se abrió, y Elvira tuvo la inteligencia de avanzar por ese camino. Le llevó tiempo, requirió ayuda, pero salió de la asfixiante dependencia emocional en la que se encontraba. Descubrió su libertad y la cultivó. Lo que pasó con Pepe ya es otra historia y no importa tanto.

Superman, el omnipotente que desconoce los límites, Mr. Magoo, el negador que no ve ni lo que tiene montado en la nariz, La Reina de la Tragedia adicta a la pasión de sufrir son sólo tres ejemplos de los mundos locos que nos podemos armar con nuestras ideas locas. Todos ellos tienen vías de salida que son caminos de aprendizaje: aprender los límites de mi poder sin caer en la impotencia, aprender a ver lo obvio sin negarlo inmediatamente después, aprender a ejercer mi libertad de…, y así poder ejercer mi libertad para…

Podríamos habernos encontrado en nuestra galería con Peter Pan, el eterno niño mágico, con Popeye, seguro de poder vencer el mal con una dosis de espinaca, con el señor adicto al trabajo con el que se cruza El Principito, convencido de que es cada vez mejor haciendo cada vez más. Todos ellos encierran en su error la posibilidad de su remedio, es sólo el deseo, la paciencia y un poco de ayuda lo que hace falta para recuperarse.

Artículo publicado en Psicoactualidad.com

FaceBook_byn Seguinos en Twitter Seguinos en Youtube